Semana cero: los papeles, antes que la ilusión
Es la parte menos emocionante del trabajo nuevo y la única que da problemas si se descuida. Diez minutos la primera semana ahorran meses de reclamación después.
- Copia básica del contrato. La empresa debe entregarte copia y comunicar la contratación al servicio público de empleo. Comprueba que la modalidad, la jornada, el grupo profesional y el salario son los que acordaste.
- Alta en la Seguridad Social. No te fíes de que «ya está hecho»: descarga tu informe de vida laboral desde la sede electrónica o desde Import@ss al final de la primera semana y verifica que consta el alta, con su fecha y su grupo de cotización.
- Qué convenio te aplica. Debe figurar en el contrato o en la nómina. De él dependen tu salario mínimo de categoría, tus días de vacaciones, tus permisos y tu jornada anual. Si no aparece por ningún sitio, pregúntalo por escrito.
- El periodo de prueba. Míralo el primer día: cuánto dura y desde cuándo cuenta.
- Modelo 145. Es el que determina tu retención de IRPF. Si tu situación familiar no está bien reflejada, la retención será incorrecta todo el año.
- Formación en prevención de riesgos y, si trabajas a distancia, el acuerdo de trabajo a distancia por escrito, con el inventario de medios y la compensación de gastos.
El periodo de prueba, en corto
Debe estar pactado por escrito en el contrato: si no aparece, no existe. Su duración máxima la fija el convenio y, en su defecto, el Estatuto: seis meses para técnicos titulados y dos meses para el resto, ampliables a tres en empresas de menos de veinticinco trabajadores. En los contratos temporales de duración inferior a seis meses no puede exceder de un mes, salvo que el convenio diga otra cosa. Y hay una regla que salva a mucha gente: es nulo si ya has desempeñado las mismas funciones antes en la empresa, con cualquier tipo de contrato.
Durante ese periodo, cualquiera de las dos partes puede desistir sin alegar causa y sin indemnización. Lo que no puede hacer la empresa es usarlo como coartada para una decisión discriminatoria: eso sigue siendo nulo.
Días 1 a 30: entender antes de opinar
La tentación de llegar y arreglarlo todo es enorme, sobre todo si vienes de un sitio donde se hacía mejor. Es también la forma más rápida de gastarte el crédito. En el primer mes el objetivo no es demostrar: es construir el mapa.
Tres mapas, en realidad, y ninguno está en el organigrama:
- Quién decide. No quién firma, sino quién tiene que estar de acuerdo para que algo avance.
- Quién sabe. La persona a la que todo el mundo pregunta cuando algo se rompe, con independencia de su título.
- Qué se rompió antes. Toda organización tiene cicatrices: proyectos que fracasaron, reorganizaciones que dolieron, propuestas que ya se hicieron. Proponer sin saberlo suena a ingenuidad.
La herramienta es aburrida y funciona: conversaciones de veinte minutos con diez o doce personas de dentro y de fuera de tu equipo. Una sola pregunta abre casi todas: «Si estuvieras en mi puesto, ¿qué mirarías primero?».
Las cuatro preguntas del primer 1:1
Con tu responsable, en la primera semana, y sin adornos:
- «¿Cómo sabremos dentro de tres meses que esto ha ido bien?» Si no hay respuesta concreta, acabas de descubrir el mayor riesgo de tu incorporación.
- «¿Qué es lo que más te preocupa de mi llegada?» Incómoda y utilísima: destapa expectativas que nadie iba a decirte.
- «¿Qué pasó con la persona que estaba antes en el puesto?» El puesto tiene historia y esa historia te va a llegar igualmente, mejor de frente.
- «¿Cómo prefieres que te informe y con qué frecuencia?» La mayoría de los conflictos de los primeros meses no son de trabajo: son de expectativas de comunicación.
Días 31 a 60: elegir
Aquí llega la decisión que define el resto del año: qué no vas a hacer. En un trabajo nuevo todo el mundo te pide cosas y decir que sí es gratis durante unas semanas. Después deja de serlo.
Al final del primer mes, escribe media página con lo que has entendido: prioridades, en qué orden, qué esperas de otros y qué quedará fuera. Envíasela a tu responsable. No es burocracia: es la conversación donde se descubren los malentendidos mientras corregirlos todavía es barato. Si nadie te discute nada, tienes un acuerdo. Si te lo discuten, mejor todavía: acabas de evitar dos meses de trabajo en la dirección equivocada.
Y una regla práctica sobre las críticas: en este tramo se pueden señalar problemas, pero conviene señalarlos con una propuesta y en privado. La misma observación, dicha en una reunión amplia el segundo mes, se recuerda durante años como arrogancia.
Días 61 a 90: una victoria visible
No hace falta una gran transformación. Hace falta una cosa terminada, útil y atribuible: un proceso que ahora tarda la mitad, un informe que alguien necesitaba y nadie hacía, un error recurrente que has cerrado, una documentación que ha dejado de generar preguntas.
Los criterios para elegirla son tres: que se pueda terminar dentro del plazo, que la note alguien fuera de tu equipo y que no dependa de una decisión política que no controlas. Un proyecto ambicioso a doce meses es probablemente mejor para la empresa y claramente peor para tu tercer mes.
Cuando la termines, cuéntalo una vez y con datos. Ni silencio ni fanfarria: dos líneas donde corresponda, con el antes y el después.
"A los noventa días ya tienes una etiqueta. La única decisión disponible es si la eliges tú o te la ponen."
Las banderas rojas de las primeras semanas
Un trabajo nuevo también es información sobre la empresa, y los primeros días son el momento en que mejor se ve, porque todavía no te has acostumbrado. Vale la pena anotar lo que te choca la primera semana: dentro de seis meses te parecerá normal.
- El contrato tarda en aparecer, o lo que pone no es lo que se acordó verbalmente.
- Nadie sabe decirte qué convenio se aplica.
- Las funciones reales no se parecen a las de la oferta.
- Se normaliza la conexión fuera de horario desde el primer día.
- Hay una rotación alta en el puesto y nadie quiere hablar de ello.
- Tu incorporación se explica con la urgencia de tapar un agujero, no con un plan.
Ninguna de estas señales obliga a irse. Todas obligan a mirar con atención durante el periodo de prueba, que es exactamente para eso: también tú estás probando.
Lo que conviene no gastar
El recién llegado tiene un capital que no se renueva: puede preguntar cualquier cosa sin quedar mal. Dura unas semanas y se agota solo. Úsalo para entender el porqué de las cosas raras, no para pedir permiso.
Y hay una trampa clásica: llenar los primeros meses de disponibilidad total —quedarse hasta tarde, aceptar cualquier encargo, contestar siempre— para causar buena impresión. El problema es que las expectativas se fijan pronto y se corrigen tarde. El ritmo que muestres el primer trimestre es el que se te va a pedir en el cuarto.